Conducción responsable?
El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, a través de la Dirección Seguridad Vial y la Unidad de Coordinación de Políticas Públicas de la Juventud, con la colaboración de la Cámara Cervecera y los padres de las víctimas del accidente que sufrieron en Santa Fe alumnos del Colegio Ecos, en 2006, puso en funcionamiento el programa “Conductor Responsable”, por el cual premia a jóvenes conductores que se abstengan de tomar alcohol en locales bailables de la Capital Federal. El programa comienza hoy en La Diosa, de la Costanera Norte, como primera etapa entre distintos locales ya que en breve se extenderá a todas las discotecas durante los fines de semana. Quien resulte elegido entre un grupo que se comprometa a evitar la ingesta, habiendo pasado por el test de alcoholemia, resultará premiado si el resultado es negativo. Toda una monada y así de simple.
Organizaciones especializadas en seguridad vial, concuerdan en que el alcohol es la principal causa de los accidentes de tránsito, señalando que 25 % de ellos se produce durante la madrugada del domingo, en tránsito o al regreso saliendo de los boliches. A pesar de programas como el que CESVI ya puso en funcionamiento, cuyo objeto es concientizar acerca de los peligros de conducir alcoholizado, los controles dan por resultado que casi el 30% de los casos monitoreados corresponde a jóvenes de entre 18 y 30 años. La iniciativa del gobierno invita a la participación voluntaria, ya que en los locales existiría un stand donde podrían anotarse los que deseen participar, seleccionando de cada grupo un conductor responsable. Con la inscripción se entregarán vales para consumir gaseosas y el afortunado abstemio, testeado a la salida, obtendrá entradas gratuitas para los boliches, cines, recitales, partidos de fútbol, etc.; aunque el top de las recompensas lo encabezan teléfonos celulares y otros dispositivos tecno que serían sorteados entre todo un grupo que no haya ingerido alcohol.
Cuando yo era chico supe tener un compañero de escuela que obtenía de sus padres gratificaciones en moneda a cambio de buenas notas. Como en mi caso las notas siempre eran muy buenas, amén de un comportamiento casi franciscano, decidí enriquecerme exigiendo similar demostración, pero solo obtuve una rotunda negativa porque a juicio de mis padres el sacar buenas notas y portarme bien era mi obligación como premio al esfuerzo que realizaban para que tuviera una educación brillante. Aclaro que, de vez en cuando, mi padre solía recompensarme con algún chocolate Milkibar y mamá siempre tenía a mano aquellas botellitas de chocolatada Cindor que me llevaban la vida. Por lo demás, premio, lo que se dice premio, no recuerdo en aquéllos años haber ganado más que el primer puesto en un concurso de dibujo intercolegial, por el que me dieron una mención de honor en un pergamino enmarcado y una palmadita en la cabeza. Las cosas siguieron así en la adolescencia y durante mis estudios secundarios, la única recompensa que obtuve fue que, de una buena vez y por todas, mi madre renunciara a comprarme el uniforme del cole en las tiendas de los turquitos del barrio, desde los catorce años comencé a vestirme en Modart, pasando a ser del grupo de los más chetos del Colegio Nacional Nicolás Avellaneda.
Tal vez pueda haberme ido por las ramas con estas apreciaciones que entendí necesarias, pero a mi criterio esta iniciativa del gobierno de la ciudad no es más que una burrada de trasnochados. Desde cuándo hay que premiar a alguien por no tomar alcohol, aún se trate de un joven?... En todo caso habrá que imponer severas multas y sanciones extremas por conducir alcoholizado, lo que no se hace. Tal como viene la mano en este país, donde huelga la cultura y el intelecto, y donde se han perdido los valores y el aprecio por la vida, bastante recompensa es el no morir o salir estropeado en un accidente de tránsito. Viendo el “afecto” que muchos jóvenes han cobrado por el alcohol, llámese cerveza y otras bebidas blancas “aceleradas” con ciertos aditivos que se expenden sin criterio alguno, no veo cómo podrán ser estimulados con vales para gaseosas o entradas gratuitas para cualquier evento. En mis tiempos de trapisondas, vaya terminología arcaica la que utilizo, acostumbraba a escanciar una noble medida de whisky evitando las coloridas mezclas que solían ser desastrosas por las consecuencias de una tremenda resaca. Recuerdo haber pasado el límite un sábado cuando, en posesión del auto de mi padre, terminé haciendo escala en un bar de Isidro para depurar el malestar de dos Tom Collins y no recuerdo cuántos Séptimo Regimiento. Tuve que bajar no menos de medio litro de café, y un poco de sentido común, porque no acertaba a poner la primera para el regreso.
El premiar o recompensar comportamientos que se estiman normales, como el de conducir sobrio, además de una redundancia poco efectiva no traerá solución alguna para evitar tanta gratuidad ante la muerte. En este aspecto es necesario puntualizar en programas y campañas que adviertan los riesgos por el desmedido exceso de bebidas alcohólicas porque además de los accidentes de tránsito son cada vez más frecuentes las violentas grescas entre patotas que pugnan por el dominio territorial en muchas zonas del conurbano.
El alcohol, al volante, mata. Cualquier retribución, por ser responsable, no es más que la vida misma.




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